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  • Luis Palacios Araus

Dependencias emocionales en el trabajo

Habitualmente, los miércoles a primera hora de la mañana voy a comprar a la pescadería “Pepín”. Es un puesto en el mercado que garantiza un producto fresco y de calidad. Lo atienden dos pescaderos y dos pescaderas, habitualmente cordiales y bromistas. Pepín, el dueño suele estar pendiente de coger el teléfono y preparar los pedidos importantes de restaurantes y otros establecimientos.

En una ocasión, en lugar de acudir a esta pescadería a primera de la mañana, fui poco antes de la hora de comer. Ya no encontré el clima jocoso y distendido habitual. Los trabajadores estaban más preocupados de finalizar encargos y limpiar la pescadería que de atender a los últimos clientes. La espera se hizo larga. No se puede decir que fueran groseros, pero si bruscos. Pensé: “estarán cansados”. Luego me di cuenta, no estaba Pepín.


Cuando el “jefe” se marcha ya no hace falta poner entusiasmo, se hace el mínimo esfuerzo y eso debe ser suficiente. Es algo que posiblemente todos hemos visto en más de una


ocasión. Incluso es posible que hayamos sido protagonistas de escenas similares.

En este ejemplo del ámbito laboral, se mantiene la relación infantilizada entre el dueño y los empleados que caracteriza a las relaciones dependientes. Una especie de juego del gato y el ratón donde la responsabilidad de lo que se hace y no se hace está determinada por la presencia o la ausencia del jefe.

El enfrentamiento, más que la colaboración, entre el dueño y los empleados, lógicamente, dificulta el cumplimiento adecuado de las tareas. Tampoco deja mucho espacio a una


colaboración creativa asociada a una actitud de innovación. Por otra parte, a nivel emocional, este tipo de relación genera la frustración asociada a tener comprometido el desarrollo como persona y profesional.

Cuando se reflexiona sobre ello, puede sorprender porque un estilo de relación con tantos inconvenientes resulta tan frecuente. Quizás, al menos una parte de la respuesta a esta aparente paradoja esté asociada a la dificultad que implica cambiar los modelos relacionales aprendidos a lo largo de la vida, particularmente en la infancia. Incluso cuando no resultan especialmente satisfactorios.

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